Sobre el Ministerio y la Vida de los Presbíteros

Written by admin on Mayo 4, 2013. Posted in Conferencias, Eventos, Formación

P. Cristián Eduardo Mier Núñez (Sacerdote Operario Diocesano)

In persona Christi Capitis – Decreto sobre el Ministerio y la Vida de los Presbíteros

Introducción[1]

El documento Presbiterorum Ordinis es el decreto del Concilio Vaticano II sobre el ministerio y vida de los presbíteros. Su finalidad es precisar la doctrina sobre el sacerdocio inicialmente expuesta en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (LG 28), cometido que logró luego de un largo recorrido de más de cuatro años hasta el día de su promulgación el 7 de diciembre de 1965, con 2,390 placet y 4 non placet.

El Concilio Vaticano II es uno de los acontecimientos religiosos y eclesiales más importantes del siglo XX. Nunca antes un concilio ecuménico de la Iglesia Católica Romana, había sido cubierto tan extensamente por los medios modernos de comunicación.  Los periodistas de los medios impresos y electrónicos que acudieron a Roma no tenían ninguna experiencia en la teología católica, de modo que para informar dependían de las narraciones ofrecidos por los periti y teólogos con habilidades periodísticas, sobre las deliberaciones y debates del concilio.[2] En aquel tiempo, Joseph Ratzinger, joven teólogo, era muy consciente de los animados debates durante todo el concilio. De modo que una cobertura que no penetrara los aspectos teológicos de estos debates,  inevitablemente los distorsionaría. No se podía explicar todo en términos de  “conservadores y progresistas”, así lo advirtieron algunos (P. Antoine Wenger que informaba para la publicación francesa La Croix). El acontecimiento genuino del Concilio fue truncado por una lucha entre liberales y conservadores, y los documentos del Concilio fueron malinterpretados. Es lo que el  papa Benedicto XVI, con precisión, llama una “hermenéutica de ruptura y discontinuidad.”  Cada vez que un documento se refería a las enseñanzas y prácticas tradicionales católicas, era malinterpretado como si fueran simples compromisos con el fin de hacer que los conservadores votaran la agenda liberal y progresista. De modo que los que estaban imbuidos por el verdadero espíritu del Concilio, debían ignorar estas conciliaciones. Como indica el papa Benedicto, fue más el espíritu de la época (Zeitgeist) que el Espíritu Santo (Heiligen Geist).

De hecho, el Vaticano II solo puede entenderse correctamente en el contexto católico de “reforma y renovación” dentro de la “continuidad de la tradición” bimilenaria de la Iglesia. El papa León XIII expresó esto sucintamente en la frase “vetera novis augere et perficere” –fortalecer y completar lo viejo con lo nuevo.

El decreto Presbyterorum Ordinis

La historia[3] del decreto sobre el ministerio y la vida de los sacerdotes, es tan larga como el mismo Concilio Vaticano II y difícil de resumir. Se consideró la posibilidad de un decreto puramente disciplinar que tratara de asuntos prácticos del ministerio y la vida espiritual, pero los Padres gradualmente se dieron cuenta de la necesidad de decir algo sobre los sacerdotes, comparable en dignidad a lo que había dicho el Concilio sobre los obispos y el laicado. En otras palabras el decreto tendría que referirse, en alguna medida, a la doctrina, pero se dieron cuenta muy tarde  (la última fecha del rechazo del esquema De vita et ministerio sacerdotali, fue el 19 de octubre de 1964).  Sólo quedaba una sesión más del concilio.

En poco menos de un mes, la Comisión para la Disciplina del Clero y el Pueblo Cristiano encargada de redactar el nuevo texto, pudo distribuir un borrador del nuevo esquema a los padres conciliares el 20 de noviembre de 1964. Una de las diferencias importantes a los borradores anteriores fue el título, De ministerio et vita presbyterorum, que señalaba que el tema no era el sacerdocio en general (sacerdotium), inclusive de los obispos, sino el presbiterado (presbyteratus), sacerdotes del segundo orden. Además, la inversión en el orden de “vida” y “ministerio” refleja el hecho de que se trata primero, el ministerio (parte segunda) y determina lo que debe ser la vida sacerdotal (parte tercera). En este paso, era natural para la Comisión se dejara guiar del trabajo conciliar previo y volver la mirada a la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, artículo 41, para hablar sobre la espiritualidad sacerdotal, y al artículo 28, para el aspecto doctrinal. Fue en el contenido doctrinal que los padres conciliares se dividieron.  Después de que enviaron sus comentarios por escrito a la comisión en enero de 1965, fue revisado el esquema. El texto modificado fue trasmitido a los padres el 28 de mayo de 1965, pero no se debatió públicamente hasta el 14 de octubre de 1965.  Después de varios días de discusión, los padres votaron abrumadoramente (1507 a 12) el 16 de octubre para aceptarlo como el textus recognitus, es decir, el texto revisado, base para la versión final.

Debido a  la deuda que tenía con la Lumen Gentium, el primer borrador de  Presbyterorum Ordinis inserta al sacerdote en “la teología de la misión”, partiendo de Cristo hasta los apóstoles, y de los apóstoles los obispos, a petición  de 124 padres. No obstante, esto no satisfizo a los leales a otras formas de comprender el sacerdocio, especialmente la escuela francesa. Al distribuir la primera enmienda del texto del primer borrador de Presbyterorum ordinis, justo después de la aceptación del texto enmendado como el textus recognitus, el arzobispo François Marty resumió la divergencia de puntos de vista:

»En cuanto a la naturaleza específica del ministerio y vida de los presbíteros. En este asunto, se ha expresado dos concepciones que parecen diferir a primera vista. Una de ellas insiste más en la consagración del presbítero obrada por el sacramento del Orden, y en la unión personal del presbítero con Cristo, que es la fuente de santidad y eficacia espiritual. La otra concepción, no obstante, insiste en la misión del presbítero, misión que recibe de Cristo por el sacramento: es decir, el presbítero, ya que se convierte en ayudante del Orden de los obispos, actúa en persona de Cristo para la edificación de la Iglesia.

De hecho, ambas concepciones ponen a la luz un aspecto de gran importancia en el ministerio y vida de los presbíteros. Por tanto, nuestra comisión cuidará de mostrar la manera en que ambas concepciones se combinan armoniosamente y de hecho se completan, de modo que van juntas en la unidad del ministerio presbiteral.

Se sucedieron las inconformidades con las intervenciones de muchos obispos inconformes, de modo que la Comisión se dio a la tarea de combinar dos líneas de comprensión del sacerdocio: el sacerdote conforme a Cristo y consagrado al servicio de Dios; el sacerdote que participa en la misión apostólica de los obispos, una parte de la misión de Cristo, para la salvación de los hombres.  Esta tarea puede también ser comprendida como un llamado a insertarse en la visión tridentina del sacerdote como aquel que ofrece el sacrificio eucarístico dentro del marco más amplio de un concepto anterior y más orientado eclesiológicamente del sacerdocio, donde los oficios o funciones de enseñar y regir son presentadas en el mismo nivel de articulación como la de santificar.

La dificultad, según el mismo Marty era más de temperamento o espiritualidad que de síntesis doctrinal.  Como observó Yves Congar mucho antes del Concilio, definiendo el sacerdocio en términos de consagración a Dios,  no es tanto una definición teológica como una espiritualidad.

Después del Concilio, la síntesis de ambas visiones fue elegir uno u otro de los tres munera del sacerdote y hacer que derivara de el los otros dos, y hubo muchos ensayos en esta línea.  Joseph Ratzinger, por ejemplo, señala que el alcance e intención de la palabra del evangelio incluye el santificar y  el regir.  Por tanto, el bautismo y la eucaristía no son extraños a la palabra del evangelio; la palabra y la eucaristía no se oponen. Más bien, la eucaristía es el cumplimiento de la palabra, donde la palabra nos quiere llevar, e incluso lo que quiere llegar a ser. No es solo que el munus sanctificandi y el regendi presupongan la fe y así la docendi, como señala Congar, sino que la palabra de Dios de su naturaleza pasa sobre el sacramento de la Palabra hecha carne.Karl Rahner de modo parecido privilegió al sacerdote como proclamador de la palabra, el grado supremo de lo cual hace presente lo que proclama en el sacramento y para una comunidad correctamente ordenada. Walter Kasper propuso unificar la concepción del ministerio sacerdotal en la noción del liderazgo en la enseñanza, culto, y relaciones comunitarias, y parece que esto, de hecho, privilegia el munus regendi.

Contenido del Decreto Presbyterorum Ordinis

Está compuesto por un proemio, que es una muy breve introducción a los siguientes tres capítulos en donde realmente se desarrolla el contenido del documento, y una exhortación final a manera de conclusión.

El primer capítulo está dedicado al sacerdocio en la misión de la Iglesia y aborda tanto la naturaleza del presbiterado, como la condición de los presbíteros en el mundo. El sacerdote, en virtud de la ordenación sacramental que ha recibido, es partícipe del sacerdocio de Cristo y por la misión apostólica que se le ha encomendado está revestido de la triple potestad que le capacita para cooperar con su obispo en la edificación de la Iglesia.

El capítulo dos está dividido en tres partes. Una dedicada a analizar la función de los presbíteros, como ministros de la palabra de Dios, de los sacramentos, y como rectores del pueblo de Dios. Una segunda que aborda la relación de los presbíteros con otras personas: los obispos, los seglares e incluso otros presbíteros. Y una tercera que aborda la distribución de los presbíteros y las vocaciones sacerdotales.

El capítulo tres está dedicado completamente a la vida de los presbíteros, y comienza con una precisa formulación sobre la base cristológica y, a la vez, sobre la dimensión eclesiológica del ministerio: “Por el Sacramento del Orden los presbíteros se configuran con Cristo Sacerdote, como miembros con la Cabeza, para la estructuración y edificación de todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del orden episcopal.” Se divide en tres partes que tratan:

1)    La vocación de los presbíteros a la perfección, que reciben también todos los fieles en el bautismo, pero a la que ellos “obligados especialmente… puesto que, consagrados de una forma nueva a Dios en la recepción del Orden, se constituyen en instrumentos vivos del Sacerdote Eterno para poder proseguir, a través del tiempo, su obra admirable, que reintegró, con divina eficacia, todo el género humano”(93).

2)    Las exigencias espirituales características de la vida sacerdotal, entre las cuales está la humildad, la obediencia, el abrazar el celibato y apreciarlo como una gracia, y por último su posición respecto al mundo, y su pobreza voluntaria.

3)    Los recursos para la vida de los presbíteros, entre los cuales están aquellos destinados a fomentar la vida espiritual, el estudio y ciencia pastoral, así como el derecho de recibir una remuneración justa, establecer fondos comunes de bienes y ordenar una previsión social en favor de los presbíteros.

El decreto termina con una exhortación que ha de estimular al sacerdote a vivir a plenitud su vocación sacerdotal, teniendo presente “nunca está solo, sino sostenido por la virtud todopoderosa de Dios, creyendo en Cristo, que lo llamó a participar de su sacerdocio”(94). A la luz del Concilio el sacerdote es ministro y dispensador de los ministerios sagrados, desde esta auto-comprensión ha de procurar entregarse vocacionalmente a la obra de atender evangélicamente a las personas. Y en el ejercicio de este ministerio debe encontrar el modo de su unión con Dios mediante la oración que eleva por sí y por los otros y, sobre todo, mediante la celebración eucarística vivida con su comunidad. El sacerdote actúa siempre en persona de Cristo y con Cristo debe perseverar constantemente unido para que le sostenga en su labor apostólica.[4]
Claves de lectura de Presbyterorum Ordinis

La imagen del sacerdote delineada en Presbyterorum Ordinis sólo puede ser apreciada si se enmarca en el conjunto de la eclesiología y de la finalidad evangelizadora del Concilio.[5]  Algunos de los graves desequilibrios eclesiales, ciertas confusiones y abusos con respecto a la naturaleza del ministerio pastoral y  el ejercicio de sus funciones, surgen de un deficiente uso teológico y pastoral de la doctrina conciliar sobre el sacerdocio y, más concretamente, (su doctrina) sobre la relación entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial. Y detrás de estos problemas se esconde un profundo desconocimiento de las claves eclesiológicas y cristológica del Concilio Vaticano II. En otras palabras, la imagen del Concilio sobre el  sacerdote ¾lo mismo se podría decir de la imagen de conciliar de los otros fieles cristianos¾ es un puro reflejo de su visión eclesiológica, y lo que sale de ella, por tanto, depende desde el principio de la manera en que esta visión se exponga.

La Iglesia, gracias al Concilio, ha alcanzado un horizonte nuevo y más profundo en la comprensión del misterio sacerdotal de acuerdo con su esencia. Esta nueva comprensión desarrollada junto con una conciencia, renovada también, de la propia condición de un pueblo sacerdotal destinado, en Cristo, al servicio de una misión salvífica, que actualiza en el tiempo la misión del Señor.

Los documentos del Concilio Vaticano II son el fruto de la fe de la Iglesia y del trabajo, en particular, del colegio episcopal. Fueron elaborados con gran esfuerzo, sin escatimar esfuerzos humanamente hablando, pero sobre todo con el intenso sentido de la fe, que el Espíritu Santo mantiene vivo en la Iglesia. Toda la doctrina del Concilio, y concretamente la que se refiere a los sacerdotes, se elaboró ​​día tras día, sesión tras sesión, a partir de unos pocos presupuestos fundamentales que  enfocaron y orientaron la inmensa masa de trabajo del Concilio Vaticano II.
(1) Primera Clave: Conciencia de Renovación.  Para delinear la imagen del sacerdote propuesta por el Concilio, con todos sus presupuestos teológicos, espirituales y disciplinares, es necesario recordar en primer lugar cuáles eran son los objetivos principales de la convocación y realización del Concilio Vaticano II, porque ahí encontraremos la primera clave. El Vaticano II fue concebido, desde sus inicios, como un medio para promover la renovación de la Iglesia y el oportuno aggiornamento de su actividad pastoral.[6] La conciencia de renovación con la que nació el Concilio era dejar su huella en todas las constituciones, decretos y declaraciones. Por lo tanto, el decreto Presbyterorum Ordinis centra su atención, desde el principio, en la “tarea muy importante y siempre más ardua de ser realizada (por los sacerdotes) en el área de la renovación de la Iglesia de Cristo” (PO 1). Esta conciencia de la renovación y de evangelización determinó también el espíritu con que estos documentos fueron recibidos, y comenzaron a ponerse en práctica en toda la Iglesia.

«El Concilio… había sido convocado con el fin de promover la renovación de la Iglesia para evangelizar a un mundo radicalmente cambiado. Renovación, entonces, e, inseparablemente, la evangelización de un mundo sujeto a transformaciones profundas: estas eran las dos caras de este “don de Dios para la Iglesia y para el mundo”, que fue que el Concilio Vaticano II, y que realmente debe ser considerado con la padres sinodales de 1985 como “la gran gracia de este siglo”.»[7]

Esta es, por tanto, una clave para entender el espíritu que impregna la imagen del sacerdote que tiene el Concilio: un fuerte deseo de renovación teológica, espiritual y disciplinar del ministerio y vida de los presbíteros, con el fin de impulsar y ayudar a llevar a cabo su gran e indispensable misión en la actualidad. Esta tarea exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de dar cuerpo a un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por una profunda comunión con el Papa, los obispos y otros sacerdotes, y una cooperación fructífera con los fieles laicos, siempre respetando y favoreciendo los diferentes roles, los carismas y ministerios presentes dentro de la comunidad eclesial (PDV 18).

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(2) Segunda clave. La conciencia de salvación. El amor salvador de Dios nutre toda la doctrina conciliar, en la que se manifiesta una conciencia real de la salvación. La “conciencia de salvación”, nos remite a la “conciencia de renovación”, que están inseparablemente unidas en la enseñanza conciliar. Fue un concilio similar a los anteriores, sin embargo, muy diferente; fue un concilio centrado en el misterio de Cristo y de su Iglesia, y al mismo tiempo abierto al mundo. Esta apertura fue una respuesta evangélica a los recientes cambios del mundo, entre ellos las experiencias profundamente inquietantes del siglo 20, un siglo marcado por dos guerras mundiales, por la experiencia de los campos de concentración y por horrendas matanzas. Todos estos acontecimientos demuestran más claramente que el mundo necesita de purificación; necesita de la conversión”[8].

Si “nuestra vida y actividad sacerdotal continúa la vida y la actividad del mismo Cristo;  si los sacerdotes están llamados a prolongar la presencia del Maestro; si, finalmente, todo sacerdote puede hablar de su configuración sacramental con Jesucristo, en esto reside nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la base misma de nuestra vida…”[9] La visión de Cristo del Vaticano II está, por así decirlo, deslumbrada ante la grandeza redescubierta de la economía de la salvación, en la que la Iglesia, también ¾y con ella el sacerdocio cristiano¾ redescubre la esencia de su propio ser.

En este sentido, probablemente no se pueda encontrar un pasaje conciliar más paradigmático y significativo que la apertura de la Constitución dogmática sobre la Iglesia: “Por ser Cristo luz de las gentes, este sagrado Concilio, reunido bajo la inspiración del Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con su claridad, que resplandece sobre el haz de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura [(cf. Mc., 16,15)” (LG 1).

 

(3) Tercera clave: La Iglesia es comunión.     La visión de Iglesia del Concilio, basada esencialmente en la revelación del plan trinitario de la salvación, subyace en la comunión trinitaria: la unidad del Padre y del Hijo en su amor recíproco, se difunde entre los hombres a través de las misiones del Hijo y del Espíritu Santo, y se prolonga permanentemente a través de la Iglesia, el lugar verdadero y fuente de la comunión de los hombres con Dios y entre ellos mismos. La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio.

Esta concepción de la Iglesia como comunión resuena en todo lo que el Concilio y el Magisterio post-conciliar enseñan sobre el sacerdocio y el ministerio de los sacerdotes. Es decir,  en la Iglesia todos los bautizados “por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y santo un sacerdocio” (LG 10). Por lo tanto, la Iglesia del Concilio Vaticano II, Ecclesia de Trinitate, la Iglesia-comunión, también debe ser descrita -con palabras de la Lumen Gentium tomadas por Presbyterorum Ordinis– como communitas sacerdotalis (PO 2) que involucra activamente a todos los bautizados en la obra de la edificación del cuerpo místico de Cristo y en proclamar el Evangelio con valentía al mundo.
(4) Cuarta clave: el triple Munus Christi en la Iglesia.   Esta clave nos ayudará, desde la eclesiología conciliar, a entender la forma y contenido de la misión sacerdotal de la Iglesia. Lo encontramos expresado en un pasaje de la Lumen Gentium, que describe la misión redentora de Jesucristo con estas palabras: “Fue por esta razón que Dios envió a su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas (cf. Hebreos 1:2), para que fuera Maestro, Rey y Sacerdote de todos, el Jefe de un pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios” (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6).

La explicación de la misión de Cristo, según el esquema del triple munus ha resultado ser, como bien sabemos, uno de los rasgos decisivos de la doctrina conciliar. Las funciones de los distintos miembros de la Iglesia al servicio de la misión común también se describen por el Concilio de acuerdo con este esquema.

Estas funciones, aunque distintas en sus contenidos concretos en beneficio de la diversidad de dones y carismas personales, son, sin embargo dotadas con la misma estructura. Y en todo este esquema, importantes desarrollos teológicos del magisterio postconciliar han llegado a buen término, así como, en la medida de lo posible, las normas del nuevo Código de Derecho Canónico. Ahora sólo deseamos subrayar la centralidad de la doctrina de la triple munus con el fin de delimitar los límites de la función específica del sacerdote al servicio de la misión de la Iglesia. Al mismo tiempo, este es un factor determinante en la especificación de la imagen del sacerdote que tiene el Concilio.
La imagen conciliar del sacerdote
La causa principal de esta renovación, en lo que se refiere concretamente al Decreto Presbyterorum Ordinis, debe buscarse ciertamente en la aceptación decisiva de las perspectivas teológicas abiertas por Lumen Gentium, lo que permitió la asunción y el acercamiento a una síntesis más elevada de diversos conceptos eclesiológicos anteriores. El estudio del misterio de la Iglesia y de todas las realidades eclesiales, en particular, el sacerdocio, se enmarcará por el original y profundo punto de vista de la participación del sacerdote en la consagración y de la misión de Cristo, Cabeza y Pastor.
Al situar el sacerdocio ministerial y sus funciones en el marco de la misión de Cristo y de la Iglesia, se obtiene una visión fundamentalmente dinámica de la misma, como el secretario de la Comisión conciliar De Disciplina Cleri et Populi Christia lo definió, él mismo un excepcional testigo en el tema que nos ocupa. Es interesante leer una de sus declaraciones de 1966[10].

«Durante los debates conciliares en este Decreto se presentaron dos posiciones que, consideradas aisladamente, podrían haber parecido bastante opuestas o contradictorias: por un lado, se insistió en el anuncio del mensaje de Cristo a todos los hombres; y por otro lado, se puso énfasis en el culto y la adoración de Dios como fin hacia el cual todo debe tender en el ministerio y vida de los presbíteros. Se requirió algún esfuerzo para sintetizar y conciliar estas posiciones, y la Comisión trabajó sin escatimar esfuerzos, para armonizar las dos concepciones, que no son ni opuestos ni mutuamente excluyentes. En efecto, las dos posiciones doctrinales diferentes sobre el sacerdocio adquieren su énfasis y el significado pleno cuando ambos se insertan en una síntesis más completa, en la cual se hace evidente que son aspectos absolutamente inseparables y complementarios que se definen una a la otra: el ministerio por el bien de los hombres sólo se entiende como un servicio que se ofrece a Dios, mientras que la glorificación de Dios exige que el sacerdote sienta una ansiedad de estar unido a la alabanza que es propia de todos los hombres. (…) De esta manera, se tiene una perspectiva dinámica del ministerio sacerdotal, que al anunciar el Evangelio produce la fe en aquellos que aún no creen, para que puedan pertenecer al Pueblo de Dios y unir su sacrificio al de Cristo, formando un solo cuerpo con él.[11]»

De hecho, el decreto Presbyterorum Ordinis desarrolla un plan trinitario y cristocéntrico en el que, el conjunto de la economía de la salvación y, por tanto, la misma Iglesia, en cuanto “sacramento universal de salvación”, se contempla a la luz del sacerdocio de Cristo, o a la luz de su consagración-misión sacerdotal, en la que ha hecho participantes, de diversas maneras, a los miembros de su Cuerpo. El apartado 2 del decreto comienza con esta afirmación precisa; y con este comienzo, en cierto sentido, se resume el aspecto esencial del contenido del decreto, en la medida en que la consagración y misión son las dos nociones que subyacen y dan apoyo a toda la enseñanza posterior del Decreto sobre los sacerdotes. La interdependencia íntima y profunda de estos dos conceptos es el hilo conductor de todo el documento.
La pregunta que nos planteamos en este contexto ha sido también implícitamente la misma pregunta que desde el principio ha guiado la redacción del Decreto conciliar: ¿Cuál es la imagen del sacerdote – cuáles son los rasgos fundamentales de su personalidad- entre los demás miembros de la comunidad eclesial y en medio de las estructuras seculares del mundo contemporáneo? ¿De qué manera, podemos expresar, en nuestros días,  la riqueza sobrenatural y humana de la identidad del sacerdote y la belleza y necesidad absoluta de su ministerio?

A estas preguntas se debe responder de acuerdo con la perspectiva del sacerdocio de Cristo. El Concilio respondió apoyando su respuesta en las dos nociones fundamentales previamente destacadas: la consagración y misión. A estos hay que añadir un tercer concepto, vocación, que precede a los otros dos y en la que tienen su fundamento.

El sacerdote es un miembro del Pueblo de Dios, escogidos de entre los otros miembros con un particular llamado (vocación), con el fin de ser consagrado por un sacramento especial (consagración) y enviado (misión) para realizar funciones específicas al servicio del pueblo de Dios y de toda la humanidad. Un hombre elegido, un hombre consagrado, un hombre enviado. Estas son, sin duda, en su unidad e inseparabilidad, las características fundamentales de la imagen del sacerdote delineado por los Decreto Presbyterorum Ordinis.

 

(1) Un hombre elegido y llamado.         En la enseñanza conciliar, la vocación del sacerdote es absolutamente inseparable de su consagración y de su misión. El que lo elige es también el mismo que lo consagra y lo envía, es decir, Cristo mismo, por medio de los apóstoles y sus sucesores.

Nótese cómo esta realidad doctrinal es ratificada por el Decreto Presbyterorum Ordinis, en uno de sus puntos iniciales: “Ahora, el mismo Señor ha establecido ciertos ministros de entre los fieles con el fin de unirlos en un solo cuerpo donde” no todos los miembros tienen la misma función “(Romanos 12,4). Estos ministros en la sociedad de los fieles serían capaces por el poder sagrado de su orden, ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados. Ellos realizarían su oficio sacerdotal en público para los hombres en nombre de Cristo” (PO 2).

Al hacer hincapié en la institución divina del sacerdocio ministerial (o del presbiterado, al que el se refiere en realidad el texto del concilio), el acento recae sobre la vocación divina del sacerdote. No es, por tanto, un delegado de la comunidad ante Dios, ni un funcionario o empleado de Dios ante el pueblo. Es un hombre escogido por Dios de entre los hombres, a fin de realizar el misterio de la salvación en el nombre de Cristo. La noción de la divina vocación es esencial para oponerse a ciertas nociones demasiado democratizantes, no obstante, presentes y lamentablemente influyentes en algunos círculos de la Iglesia.

Una concepción demasiado democratizante de la Iglesia, como se ha señalado en un importante simposio convocado en el Vaticano en 1994[12], sólo puede surgir de una visión defectuosa de la naturaleza misma de la Iglesia. Sin embargo, la mayoría de los fieles, incluso los que carecen de sólida formación doctrinal, tienen un sensus Ecclesiae católico en consonancia con la doctrina revelada, así como una clara conciencia de la distinción entre sacerdotes y laicos por razón del sacramento del Orden.

Hoy en día, el problema de la democratización es grave, muy estrechamente relacionado con el llamado funcionalismo, que consiste, en palabras del Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros (n. 44) en: “Una mentalidad errónea que reduce el sacerdocio ministerial a los aspectos estrictamente funcionales. Para simplemente jugar el papel del sacerdote, llevando a cabo algunos servicios y garantizar la realización de diversas tareas que constituyen la existencia entera sacerdotal.”

Tal concepción reductiva de la identidad del ministerio del sacerdote empuja sus vidas hacia un vacío que a menudo viene a ser ocupado por estilos de vida no acordes con su propio ministerio. Nos encontramos, pues, frente a las tendencias teológicas y situaciones disciplinares que exigen de la autoridad la claridad doctrinal necesaria y la adopción de adecuadas medidas pastorales.
(2) Un hombre consagrado. Aunque elegido por Dios para realizar la función sacerdotal, bajo los auspicios oficiales, en el nombre de Cristo, los sacerdotes son claramente algo más que meros titulares de un cargo público y el ejercicio sagrado en el servicio a la comunidad de los fieles. El sacerdocio “es esencialmente y ante todo, una configuración, una transformación misteriosa y sacramental de la persona del hombre-sacerdote en la persona del mismo Cristo, el único Mediador[13]. La imagen de conciliar del sacerdote es la de un hombre configurado ontológicamente con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, con el fin de realizar una misión específica.

Presbyterorum Ordinis ¾teniendo en cuenta el hecho digno de mención que la doctrina sobre el episcopado y en el sacerdocio común de los fieles había logrado en otros documentos del Concilio¾ quiso subrayar la especial consagración sacramental de los sacerdotes, que los convierte en participantes en el sacerdocio mismo de Cristo, Cabeza de la Iglesia. Y así lo ha hecho, al demostrar la conexión entre el sacerdocio ministerial con la plenitud sacerdotal y la misión pastoral de los obispos – cuyos sacerdotes son colaboradores- y también al mismo tiempo, distinguiendo claramente el sacerdocio ministerial del sacerdocio común de todos los bautizados.

“Así, pues, enviados los Apóstoles, ¾se lee en el Decreto¾ como El había sido enviado por el Padre, Cristo hizo partícipes de su consagración y de su misión, por medio de los mismos Apóstoles, a los sucesores de éstos, los Obispos, cuya función ministerial se ha confiado a los presbíteros, en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el Orden del presbiterado, fueran cooperadores del Orden episcopal para el puntual cumplimiento de la misión apostólica que Cristo les confió” (PO 2).

De esta manera fue llevado a buen término la importante contribución doctrinal de la Lumen Gentium en los grados del sacramento del orden como diferentes participaciones en la consagración sacerdotal y la misión de Cristo y el sacerdocio se describió a la luz del episcopado. De esta manera, el sacerdocio presbiteral estaba bien situado en el contexto de la comunión del colegio episcopal, en una perspectiva de gran riqueza teológica y espiritual.

Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella hereda y continúa la Iglesia de los apóstoles. Y dentro de la Iglesia, el ministerio ordenado (el ministerio episcopal y el ministerio presbiteral como su colaborador) hereda y continúa el ministerio de los apóstoles. “En la Iglesia ¾la Comisión Teológica Internacional ha recordado oportunamente¾ cada ministerio jerárquico está vinculado a la institución por los apóstoles. Tal ministerio, querido por Cristo, es esencial para la Iglesia. Y a través de su mediación, el acto salvífico del Señor se hace presente sacramental e históricamente para todas las generaciones.”[14]

El poder espiritual que posee el ministerio ordenado no deriva, de hecho, de la comunidad, sino de la apostolicidad de su misión, transmitida a través de la imposición sacramental de manos. Los ministros ordenados son portadores de un carisma (consagración-misión) que se inicia en el envío del Hijo por el Padre, se transmite a los apóstoles, y les confiere la autoridad necesaria para llevar a la comunidad. El ministerio ordenado se establece sobre el fundamento de los apóstoles, para la edificación de la Iglesia (Efesios 2,20, Apocalipsis 21,14) y para la vida del mundo.

Por último, el sacerdocio presbiteral, a través de la imposición de manos y la unción ¾propia del sacramento del orden¾  continúa la misión recibida por los apóstoles de parte de Cristo; está facultado por la autoridad apostólica, y es testigo con esa autoridad de la Tradición. El sacerdocio presbiteral fue instituido para edificar y para dar vitalidad a la Iglesia, en la cual y para la cual existe.[15]

La  configuración ontológica del presbítero a Cristo Sacerdote por el carácter sacramental de las ordenes fue expresado por el Concilio en una fórmula tradicional: agere in persona Christi capitis (PO 2), y por consiguiente, in persona Ecclesiae, ya que Cristo, la cabeza y su cuerpo, forman una unidad. Esta fórmula designa teológicamente la capacidad de actuar como “representante” de Cristo y de la Iglesia.

Pero íntimamente ligada a esta relación está la relación del sacerdote con la Iglesia. No es una cuestión de “relaciones” que están meramente yuxtapuestos, sino más bien de las que están internamente unidas en una especie de inmanencia mutua. La relación del sacerdote con la Iglesia se inscribe en la misma relación que el sacerdote tiene con Cristo, de manera que la “representación sacramental” de Cristo es la que sirve de base e inspiración para la relación del sacerdote con la Iglesia”.

La fórmula agere in persona Christi capitis nos permite, por lo tanto, expresar exactamente la esencia de la condición ministerial como la capacidad de participar, a través de la recepción del sacramento del Orden, en las acciones propias de Cristo, Cabeza y Pastor, en lo que se refiere a la Iglesia. La base de esta participación es la fuerza recibida, mientras que su propósito es hacer presente la salvación, aquí y ahora, a través de acciones específicas (Ministerium verbi et sacramentorum), como vida de la Iglesia y, por medio de la Iglesia, vida del mundo. Se observa, pues, en esta fórmula la sacramentalidad de las acciones específicas del ministerio ordenado con respecto a la vida de la Iglesia. La imagen ministerial del sacerdote hace referencia plena a esta sacramentalidad, en que “mientras el sacerdote está en la Iglesia, también está frente a ella.[16]
(3) Un hombre enviado. “Los presbíteros, tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los mismos en las cosas que miran a Dios” (PO 3).  El sacerdote es un hombre llamado y consagrado para ser enviado a todos los hombres, al servicio de la acción salvífica de la Iglesia como pastor y ministro del Señor. Por lo tanto, sólo en el cumplimiento de su misión específica, realizada a la luz del misterio de Cristo y de la comunión de la Iglesia, los sacerdotes podrán encontrar su propia identidad. El tercer aspecto esencial de la imagen del sacerdote subrayado por el Concilio aparece con mucha claridad.
Vaticano II quiso recordar y reafirmar la dimensión cultual o ritual de los presbíteros, en continuidad con la tradición del Concilio de Trento, pero al mismo tiempo Vaticano II quiso subrayar fuertemente la dimensión misionera del sacerdocio, no como dos momentos distintos, sino como dos aspectos simultáneos de la misma exigencia de la evangelización. El objetivo del Decreto Presbyterorum Ordinis no era unir dos concepciones distintas del sacerdocio sino exponer la doctrina sobre el sacerdocio partiendo de los principios básicos que inspiraron la eclesiología del Concilio, que hemos recordado sintéticamente a inicio de esta presentación. En Cristo, el sacerdote, el culto reservado al Padre, y el anuncio del Evangelio a los hombres, sus hermanos, constituyen una única realidad de la salvación. Y, de una manera análoga, el Concilio va a decir a los sacerdotes que están configurados con Cristo y son capaces de actuar como sus representantes en su nombre y que, por lo tanto, “Dios les da la gracia para ser ministros de Cristo Jesús entre el pueblo.”

Ellos asumen la tarea sagrada del Evangelio, para que la ofrenda del pueblo se pueda hacer aceptable a través del poder santificador del Espíritu Santo. “El anuncio del Evangelio es, por lo tanto, considerado desde un punto de vista profundamente cúltico.

A partir de la referencia normativa de la existencia sacerdotal de Cristo y de los apóstoles, el Decreto habla con fuerza de la necesaria presencia evangelizadora de los sacerdotes entre los hombres: “De ahí que traten con otros hombres como con hermanos. Esta era la forma en que el Señor Jesús, el Hijo de Dios, un hombre, enviado por el Padre a los hombres, habitó entre nosotros y quiso hacerse semejante a sus hermanos en todo excepto en el pecado” (PO 3). El sacerdote debe estar presente de manera vital y eficaz en la vida de los hombres; no sería el caso si sus actividades se limitaran a funciones rituales o si esperaba a que otros vinieran a romper su aislamiento.

Con energía espiritual admirable, Presbyterorum Ordinis proclamó una enseñanza fundamental en el campo de nuestro estudio: “Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y su ordenación, son segregados en cierta manera en el seno del Pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno, sino a fin de que se consagren totalmente a la obra para la que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida más que de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo; pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres” (PO 3).

La presencia del sacerdote en el mundo siempre se caracterizará por este aspecto dialéctico, especialmente significativo en cuanto a estilo de vida sacerdotal y comportamiento en medio de una sociedad tendenciosamente materialista que es inherente a la naturaleza de su misión. “Esta es la razón por la que dicha misión podrá cumplirse sólo si el sacerdote – consagrado por el Espíritu – sabe estar entre los hombres (pro hominibus constituitur) y, al mismo tiempo, se separado de ellos (ex hominibus assumptus); si vive con los hombres, él va a entender sus problemas, evaluar sus valores, pero al mismo tiempo en nombre de otra realidad, él dará testimonio y enseñará otros valores, otros horizontes del espíritu, otra esperanza.”[17]  De este modo, los sacerdotes también tendrán éxito en la solución de un problema que a veces se exagera o distorsiona a nivel sociológico: su entrada válida en la vida social de la comunidad, en la vida ordinaria de los hombres.

Hoy en día, de hecho, más que nunca, el laico -el intelectual, el trabajador, el empleado- quiere ver en el sacerdote un amigo, un hombre de rasgos simples y cordiales (un hombre, dicen, a su alcance), que  sabe comprender bien y valorar las nobles realidades humanas. Pero, al mismo tiempo, el laico quiere ver en el sacerdote un testigo de las cosas futuras, de lo sagrado, de la vida eterna, un hombre que sepa cómo reunir y enseñar a los laicos, con cuidado fraternal, sobre la dimensión sobrenatural de su existencia, el destino divino de sus vidas, los motivos trascendentes de su sed de felicidad: en una palabra, un hombre de Dios.

Estas tres características esenciales teológicas presentadas, deben estar integradas con una profunda necesidad de la ascética: la santidad a través de la espiritualidad específica al sacerdocio.

(4) Misión pastoral y santidad: la unidad de la vida del sacerdote.       En el tercer capítulo de la Presbyterorum Ordinis, concretamente en el primer artículo dedicado al llamado de los sacerdotes hacia la perfección, nos encontramos con un aspecto característico de la imagen conciliar sobre la que estamos reflexionando y el que el Decreto alcanza su cumbre.

Si tomamos en cuenta el hecho de que lo que subyace a todo el Concilio es la promoción de una renovación de la Iglesia capaz de propulsarla hacia una evangelización más eficaz de la sociedad, es útil observar que en estas páginas dedicadas a la santidad sacerdotal el mismo espíritu resuena con particular vigor. Vale la pena escuchar: “Por lo cual, este Sagrado Concilio, para conseguir sus propósitos pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del Evangelio por todo el mundo y de diálogo con el mundo actual, exhorte vehementemente a todos los sacerdotes a que, usando los medios oportunos recomendados por la Iglesia, se esfuercen siempre hacia una mayor santidad, con la que de día en día se conviertan en ministros más aptos para el servicio de todo el Pueblo de Dios” (PO 12).     En el texto del Decreto, se nota la tendencia a exponer una espiritualidad fuerte, capaz de conducir a  todos los sacerdotes -con los deberes pastorales de una manera especial, los sacerdotes seculares, a los que se dirige el texto- a la perfección cristiana. Se trata de una perfección que los sacerdotes, al igual que todos los bautizados, estamos llamados a alcanzar de acuerdo con la voluntad y los dones de Dios, pero para los sacerdotes esto conlleva una obligación particular debido a su propia configuración sacramental con Cristo, ya que trabajan en su nombre como sus representantes. Aquí se perfila, pues, una espiritualidad basada simplemente y en gran medida en el Evangelio, y en perfecta armonía con la preocupación constante del Decreto para manifestar la unidad entre la consagración y la misión del sacerdote, o entre la dedicación al servicio pastoral de la misión de la Iglesia y participación en la comunidad humana.

De esto se desprende que desde el principio el Decreto subraya un aspecto esencial: el sacerdote está llamado a alcanzar la santidad a través del ejercicio de sus propias funciones ministeriales, que no sólo exigen de él este compromiso por la perfección, sino promoverla y fomentarla (PO 12). En consecuencia, la vida espiritual del sacerdote debe tender a alcanzar un nivel que sea adecuado y proporcionado al ministerio recibido. La llamada a la santidad y el ejercicio del ministerio recíprocamente restauran y mantienen uno al otro en el sacerdocio. El don sacramental que el Espíritu Santo ha infundido en el sacerdote pide, por medio de una dinámica que le es propia, la íntima unión con Cristo y la santidad de la vida. “El Espíritu, al consagrar al sacerdote y configurarlo con Jesucristo, Cabeza y Pastor, crea un vínculo que, localizado en el mismo ser del sacerdote, requiere ser asimilado y vivido de manera personal, libre y consciente a través de una siempre más rica comunión de vida y amor y una participación cada vez más amplia y radical en los sentimientos y actitudes de Jesucristo” (PDV  72).
Al llevar a cabo su propio ministerio según el ejemplo de Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre, el sacerdote llega a la unidad de la vida, es decir, la unión y la armonía deseable entre su vida interior y sus deberes, con frecuencia dispares, que se derivan de su ministerio pastoral. La referencia a la unidad de vida de los sacerdotes y de su fundamento, que consiste en “unirse con Cristo en el reconocimiento de la voluntad del Padre y en el don de sí mismos en nombre de la grey que se les ha encomendado” (PO 14), es uno de los elementos más importantes en doctrina ascética del Decreto conciliar sobre la espiritualidad.
Conclusión: el sacerdote del tercer milenio

 

El Concilio Vaticano II fue una llamada a la renovación y la evangelización. Y a decir verdad, a cincuenta años de  su conclusión, hay signos fácilmente perceptibles de la influencia positiva de su dinamismo espiritual y pastoral. El espíritu de la renovación conciliar, bajo la guía providencial de los Romanos Pontífices que han sucedido en la Sede de Pedro, ha impregnado la vida litúrgica, las normas canónicas, y la instrucción catequética durante estos años. La Iglesia ha renovado su verdadera doctrina, su legislación y su vida de acuerdo con el Concilio Vaticano II, y está lista para continuar su misión apostólica al elevado  nivel que los tiempos exigen.

Además, la Iglesia se ha dedicado desde el siglo pasado, con el impulso de Juan Pablo II, a emprender la evangelización, que debe ser, en las palabras del mismo Papa, “nueva en su ardor, métodos y expresión”, y que, por este hecho, “exige sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo estilo de vida pastoral”.

Empezando, pues, con las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de su doctrina sobre los sacerdotes, tan fielmente desarrollados por el Magisterio post-conciliar, ahora hay que mirar hacia adelante,  hacia el compromiso de aplicar, lo más fielmente posible, las enseñanzas del Vaticano II en la vida de cada individuo y de toda la Iglesia. Es un compromiso que todos los fieles deben aceptar, pero, podemos añadir, que los sacerdotes lo deben aceptar de una manera especial, ya que están llamados a las líneas del frente en la batalla de la nueva evangelización, en la medida en que están configurados sacramentalmente a Jesús Cristo, Cabeza y Pastor, que va por delante de su rebaño.

La nueva evangelización, que vigorosamente debe manifestar la centralidad de Cristo en el cosmos y en la historia, no sólo tiene una dimensión ascendente, Cristo como el cumplimiento de los anhelos todo hombre – sino que es también, y sobre todo, una mediación descendente: “En Cristo Jesús –decía el Papa Juan Pablo II a la humanidad- Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca. La encarnación del Hijo de Dios testimonia que Dios busca al hombre” (TMA 7).

Esta búsqueda divina, que recuerda la imagen del buen pastor y la oveja perdida, es indispensablemente parte de la acción instrumental que nosotros, los sacerdotes, como pastores en el Pastor, estamos llamados a realizar durante estos años con renovado celo.

Los sacerdotes hemos sido llamados para buscar a los hombres, para encontrarlos con la oferta y los dones de nuestro servicio. Para buscarlos donde están, en el contexto de las realidades y preocupaciones antropológicas y eclesiales, así como las ecuménicas; este es el contexto en el que la Iglesia entera -todos sus fieles, laicos, sacerdotes y religiosos, con la variedad de sus dones, carismas y vocaciones- debe aparecer como un signo de este Dios que busca hombres para participar del “diálogo de salvación”.

La historia de la salvación se estructura en torno al binomio palabra-sacramento, memoria -celebración, en la que la existencia sacerdotal también debe depender. El momento sacramental, constitutivo y fundamental, debe ir acompañado por la palabra de la vida de cada persona, por el testimonio cristiano de fe, esperanza y caridad.

El sacerdote, hombre de fe, sobre todo debe tener y manifestar, una perspectiva netamente cristológica. Al representar a Cristo, en virtud del sacramento del Orden, el sacerdote debe ser y debe manifestar una actualización sacramental de la presencia de Cristo, el centro de la historia “, el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre”.

El sacerdote, hombre de esperanza, debe ayudar a los hombres a descubrir la auténtica clave para interpretar el futuro, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos. Es la misión de todos los fieles, y en particular de los laicos, pero esta misión pertenece propiamente al sacerdote, a través de la palabra y de los sacramentos, hacer presente y eficaz en los fieles “al que construye el reino de Dios en el curso de la historia.., el agente principal de la nueva evangelización”, es decir, el Espíritu Santo, sin el cual sería imposible llevar esa misión hasta el final.

El sacerdote, hombre de caridad, en el amor de Dios y su ministerio, y plenamente identificado con su misión, debe ser capaz de apuntar todo hacia el Padre, fuente de todo don, fuente del amor infinito que nunca falla.

Nosotros, los sacerdotes debemos ser perceptiblemente una palabra viva de fe, esperanza y caridad. Y esto requiere una completa disponibilidad personal de traducir en testimonio efectivo, lo que, ya desde el principio, es una realidad sacramental. Sin disponibilidad personal, la vida de un sacerdote nunca evangeliza. Muy por el contrario, el sacerdote sería sólo un instrumento eficaz pero inerte de la gracia para los que ya están en Cristo.

Como resultado de su plena disponibilidad a ser portador e icono de Cristo, Cabeza y Pastor, entre sus hermanos, la imagen del sacerdote adquiere necesariamente un contorno mariano. Junto con María, el fiat, no sólo pronunciado sino vivido, transforma la vida y el ministerio del sacerdote en una poderosa fuerza que impulsa a la Iglesia y al mundo hacia la Trinidad. “En este amplio programa de compromisos – podemos concluir con el papa Juan Pablo II – “María Santísima, hija predilecta del Padre, se presenta ante la mirada de los creyentes como ejemplo perfecto de amor, tanto a Dios como al prójimo. Como ella misma afirma en el cántico del Magnificat, grandes cosas ha hecho en ella el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo” (TMA 54).

 

 

 

Bibliografía

 

(1)  Lamb, Matthew, Vatican II, renewal within tradition, Oxford University Press, New York, 2008.

(2)  Mansini, Guy – Welch, Lawrence, The Decree on the Ministry and Life of Priests, Presbyterorum Ordinis, en Lamb, Matthew, Vatican II, renewal within tradition, Oxford University Press, New York, 2008, pp 205 ss

(3)  Herranz Casado, Julián, La imagen del sacerdote en el decreto Presbyterorum Ordinis continuidad y proyección hacia el tercer milenio, Congregación para el Clero, El sacerdocio un amor más grande, Simposio Internacional en el trigésimo aniversario de la promulgación del Decreto Conciliar Presbyterorum Ordinis. Roma, Octubre 1995.

Año de la Fe en el Seminario Mayor de Colima – Sesiones de Estudio sobre el Concilio Vaticano II – Ponencia 7

P. Cristián Eduardo Mier Núñez, Sacerdote Operario Diocesano – 3 de mayo de 2013


[1] Lamb, Matthew, Vatican II, renewal within tradition, Oxford University Press, New York, 2008.

 

[2] Un redentorista norteamericano, P. Francis Xavier Murphy, contribuyó mucho para la propagación de un informe ideológico sobre los debates del concilio con sus “cartas desde el Vaticano”, ampliamente leídas, bajo el seudónimo de Xavier Rynne en el New Yorker.

[3] Mansini, Guy – Welch, Lawrence, The Decree on the Ministry and Life of Priests, Presbyterorum Ordinis, en Lamb, Matthew, Vatican II, renewal within tradition, Oxford University Press, New York, 2008, pp 205 ss

[4]Conferencia Episcopal Española, Concilio Ecuménico Vaticano II, Constituciones, Decretos y declaraciones, Biblioteca de Autores Cristianos, 526

[5] Monseñor Álvaro del Portillo, secretario distinguido de la correspondiente comisión conciliar.

[6] “Iluminados por la luz de este Concilio” -comentó Juan XXIII en su discurso de apertura de la asamblea – “la Iglesia será más grande en riquezas espirituales y, al ganar de ahí la fuerza de  nuevas energías, mirará al futuro sin temor. De hecho, al actualizarse donde se requiera, y por la sabia organización de la cooperación mutua, la Iglesia va a hacer que los hombres, las familias y los pueblos realmente vuelvan sus mentes a las cosas celestiales.”

[7] Sínodo de Obispos, Sesión General Extraordinaria, 1985. Mensaje Nos, Episcopi a los fieles cristianos del Concilio Vaticano II como don de Dios a la Iglesia y al mundo, 7 de  Diciembre de 1985: OR, 8 Diciembre 1985; EV, 9, 1775.

[8] Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 10 Noviembre 1994, 18.

[9] Ibid 18

[10]  El texto es un pasaje del trabajo correctamente titulado: La figura del sacerdote delineada en el Decreto Presbyterorum Ordinis. La edición original apareció en la revista  Palabra 12-13 (1966), 4-8.

[11] Ibid, 26-27

[12] Simposio sobre la colaboración del laicado en el Ministerio Pastoral de los Presbíteros, organizado por la Congregación para los Clérigos, 19-22 de Abril de 1994. Para una breve sinopsis del contenido, cf. Sacrum Ministerium 1(1995), 59-67.

[13] Alvaro del Portillo, Consacrazione e Missione del sacerdote, Edizioni Ares, Milan, 19902, 55-56.

[14] Comisión Teológica Internacional, El sacerdocio católico, 1970, tesis 1.

[15] Es en este sentido que Juan Pablo II ha escrito: “Por lo tanto, el sacerdocio ordenado no debe ser pensado como existente antes de la Iglesia, porque está totalmente al servicio de la Iglesia. Ni debe ser considerado como posterior a la comunidad eclesial, como si la Iglesia pudiera imaginarse ya establecida sin este sacerdocio” (PDV 16).

[16] Congregación para los clérigos, Directorio para el Ministerio y Vida de los Presbíteros, 12. De hecho, como Pastores Dabo Vobis enseña: “Por lo tanto, por su propia naturaleza y misión sacramental, el sacerdote aparece en la estructura de la Iglesia, como signo de la prioridad absoluta y gratuidad de la gracia dada a la Iglesia por el Cristo resucitado. A través del sacerdocio ministerial de la Iglesia, ésta se da cuenta, en la fe, que su ser no proviene de ella misma sino de la gracia de Cristo en el Espíritu Santo. Los Apóstoles y sus sucesores, en la medida en que ejercen una autoridad que les viene de Cristo, Cabeza y Pastor, son colocados -con su ministerio- al frente de la Iglesia, como prolongación visible y signo sacramental de Cristo en su propia posición ante la Iglesia y el mundo, como origen permanente y siempre nuevo de la salvación” (PDV 16).

[17] Alvaro del Portillo, Consacrazione e Missione del sacerdote, Edizioni Ares, Milan, 19902, 41.

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